jack white mad cool

Jack White finiquita a guitarrazos el Mad Cool interminable

Crónicas

Todo lo que empieza tiene su fin. Menos el Mad Cool 2022. Eso no tiene final, es interminable. Lo cual es un ímprobo, sí, pero también tan gozoso que te lleva a experimentar cierto síndrome de Estocolmo. Ahora es lunes y se hace raro no tener que peregrinar hasta Valdebebas como los últimos cinco días. Ya no somos rehenes del Mad Cool, felizmente nos ha dejado marchar. Todo son ya recuerdos pasados. El último de los míos, el colofón del Mad Cool, Jack White sobre ese escenario tan azul disparando guitarrazos aquí y allá acompañado de una banda de pegada colosal.

Una actuación que empezó con la potencia de la flamante ‘Taking me back’, pero que se cortó en seco cuando Jack se despidió con un “thank you” y se marchó tras este arranque como si esto ya hubiera acabado. Hubiera tenido su gracia que fuera una estrategia escénica: empezar con una, marcharte y regresar para que todo el concierto sea un generoso bis. Pero no fue así: algo pasó y nunca sabremos qué demonios, porque la banda reapareció y nos entretuvo el rato de desconcertante espera.

De manera que aunque no fuera exactamente así, así lo tomamos. Un generoso bis para terminar el festival como debe ser: loleando y pogeando. Sobre todo cuando recuperamos a los White Stripes en ‘Black Math’, ‘The hardest button to button’, ‘Hotel Yorba’, ‘Fell in love with a girl’ o, sí, lo has adivinado, ‘Seven nation army’. Se lía, evidentemente. Es la guinda final a cinco días de festival. El himno tumultuario paradigmático para despedir el festival más multitudinario. Jack y su banda deslumbran y se acuerdan de los Raconteours y The Dead Weather, así como de ‘Freedom at 21′ o las más recientes ”Fear of the down’, ‘Hi-De-Ho’ y ‘The white raven’. Una ceremonia rockera con Jack White en estado de gracia y que no para.

Fotos de Ricardo Rubio

En la otra esquina del recinto, nuestra querida Maravillosa Orquesta del Alcohol se ha llevado a buena parte del público porque, anda qué, les programaron a la misma hora. Los solapes dichosos son una pequeña gran tragedia en el universo festivalero y también ocurren en esta quinta jornada en la que hay muchos menos artistas y también mucho menos público: de las 75.000 del sábado a 31.000, lo cual provoca cierta sensación de nostalgia anticipada para quienes se han metido entre pecho y espalda el festival completo. Parece que fue en 1997 cuando vimos a Metallica, pero solo han pasado cinco días desde el miércoles.

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Los que vienen solo hoy no sienten lo mismo porque, además, son distintos. Y es que se dio una curiosa confluencia de público variopinto este domingo. Gente que compartía espacio con gustos musicales diametralmente opuestos (esto pasa mucho, pero al haber menos asistentes hoy se nota más el contraste si cabe). Los guiris, por ejemplo, entregadísimos a su nuevo ídolo local, Sam Fender, que hizo lo suyo con solvencia para disfrute de sus parroquianos, que no cesaron de corear a este aspirante a rockero de estadio que ya tiene buenas balas como ‘Get you down’, ‘Seventeen going under’ o ‘Hypersonic missiles’.

El público de Sam Fender se evapora, no queda ni un foráneo y llega el de Natos y Waor, que son los siguientes en el escenario principal. Universos literalmente paralelos que no se cruzan ni de coña ni por un instante. Son invisibles los unos para los otros. Los de Aluche, jugando en casa, salen más que victoriosos con sus clásicos contemporáneos como ‘RocknRollas’ o ‘Hijos de la ruina’.

Antes que ellos, en el segundo escenario Nathy Peluso hace una demostración de poder de convocatoria, posiblemente la más concurrida de la jornada. Su público quizás si tiene algo que ver con el de Natos y Waor, pero en absoluto nada con Cala Vento, que hicieron lo suyo apuntándose a última hora tras la baja de Arlo Parks. Los catalanes, por cierto, con un directo divertido y potente, son una de nuestras bandas independientes ya de referencia y lo que te rondaré morena: sudor y rock directo sin alardes a guitarra, voz y batería es bien (como los White Stripes, curiosamente).

Los asistentes ingleses reaparecen en Two Door Cinema Club (también estarán en Jack White), el grupo festivalero por excelencia, que hace una actuación bien refrescante con una escenografía de colorines tan sencilla como chula. Canciones como ‘Undercover Martyn’, ‘Something good can work’, ‘Wonderful life’, ‘Sun’ o ‘What you know’ crecen especialmente en su habitat natural, esto es, cualquier festival. La carpa The Loop está repleta (se les queda muy pequeña) como estará después con La Maravillosa Orquesta del Alcohol, que aportan la cuota española a la despedida final (nos los perdemos, hay que escoger, ya dijimos, y a La M.O.D.A. les hemos visto recurrentemente de un tiempo a esta parte).

Y nos vamos. Hemos acelerado nuestro envejecimiento varios días, pero no nos damos cuenta porque nos ha ocurrido a todos. Pero, por encima de todo, lo hemos pasado bien y hemos visto un porrón de conciertos: algunos enteros, otros a cachitos. Hemos hecho lo que hemos podido y hemos cogido una velocidad de crucero en la que, las cosas como son, si nos dicen que hay un sexto día allí que nos plantamos por mucho que sea lunes. Es una cuestión de ilusionismo.

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