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Héroes del Silencio: Silencio y rock n’ roll

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La furgoneta del silencio

Hubo una década en la que Héroes del Silencio fueron una luz errante y constante en nuestras carreteras secundarias. Una banda que disfrutaba de la vida en la furgoneta y que así, entre concierto y concierto, se cruzó con millones de todos nosotros. Sin saberlo ni los que iban, ni los que venían. Determinación por el rock n’ roll.

Ocurre, eso sí, que Héroes del Silencio cobraron conciencia de ellos mismos antes que todos los demás. Como Skynet. Por eso jugaban con ventaja y pillaron a todo un país con el paso cambiado. Pero fallaron como ente al no comprender que, como en cualquier relación humana, el silencio es el ensayo de la muerte. Irónicamente, en su caso.

La furgoneta de una banda de rock jamás puede tolerar el silencio. Quedar con tus compinches para meterte en esa nave espacial, hacer kilómetros y llegar para tocar ante otra civilización es, en si mismo, ebullición. Es, mientras dura, el sueño hecho realidad de la eterna juventud. Es el núcleo incorruptible del rock n’ roll.

Ese es el epicentro de ‘Héroes: silencio y rock & roll’, el documental de Héroes del Silencio dirigido por Alexis Morante y que ya está en Netflix. Que todo se va a la mierda, por férreo que parezca al principio, por grande que llegue a ser, si no te lees las contraindicaciones del prospecto. Precaución: no introducir el pie entre furgo y andén. Estación en curva.

La historia de la banda aragonesa está contada fetén. Con una primera parte de sobra conocida repleta de romanticismo, encuentros esporádicos en los bares, decisiones fortuitas. Pero nunca antes había sido relatada así por los propios protagonistas y con semejante cantidad de material audiovisual de cada época. Mirando atrás sin ira (pssse, eso no queda claro) desde el hoy.

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Concursos de bandas que entonces eran importantes. La necesidad de sonar en la radio, que entonces era importante. Concha García Campoy disfrazada de post punk ochentera con los pelos de punta y toda la movida. Entrar en una discográfica, que entonces era importante. Mantenerse firme durante todos esos pasos: determinación por el rock n’ roll.

Desde Zaragoza contra el mundo. Por cabezonería maña. Si tenían que vender 5.000 copias de su primer maxi para que la discográfica confiara en ellos, vendieron 30.000. ¿Cómo? Esto me parece importante: se viene mensaje contra la anormalidad de la comunicación musical española: Apareciendo en todos los medios pequeños, locales y medianos existentes y por inventar. La casa no se empieza por el tejado. No una casa en la que quieras morir de viejo.

A partir de ese punto de inflexión, todo es una concatenación de capítulos que en realidad nadie se explica. Por desmesurados. El éxito de ‘El mar no cesa’, el calado instantáneo de Enrique Bunbury en la cultura popular patria, el salto exponencial de ‘Senderos de traición’. El tedio temprano por las carreteras españolas viendo en los mapas que ahí encima había mucha más tierra por quemar.

Pero claro, lo que en el mapa quedaba a un palmo, igual no estaba tan cerca. La ambición vacía el depósito y quema el motor. Pero cuando en Alemania te están esperando para llenar tus conciertos, lo que le pase a tu medio de transporte es el menor de tus problemas. Salvo que sea, o sí, efectivamente, la metáfora perfecta de la vida del rock en la carretera.

EL PRINCIPIO DEL FIN

Tener en la palma de la mano lo que siempre has soñado, rápidamente puede convertirse en un contratiempo inesperado. Es en esa determinación donde empieza el fin de Héroes del Silencio. La grabación de ‘El espíritu del vino’ (1993) en Londres tiene un tema central que da sentido a todo: ‘El camino del exceso’.

Ya estarían ahí, pero las grietas se empiezan a ver en la grabación de este tercer disco. La unidad atómica se disgrega por la fiesta interminable. Explorar los límites de la creación alucinada se cobró un precio altísimo a pagar en no más de 36 meses. Es la trampa de los créditos rápidos: pagas para sobrevivir justo hasta que cumpla el plazo. Lo tienen calculado.

Es aquí donde hay un giro argumental y aparecen los problemas. Ya estarían, siempre están. Con tus parejas, con tus colegas. Siempre están, pero los toreas. Hasta que tú mismo te pisas el capote. “Lo que pudieron hacer las drogas en Héroes, más que ayudar en alguna cosa, fue estropear”, sentencia el guitarrista Juan Valvidia.

Ahí se materializan los primeros encontronazos por la dirección del buque. Así les llamaban en la discográfica EMI. La misma que les dejaba con condescendencia grabar en los ratos muertos de Cantores de Híspalis, acabó reconociendo la abrumadora presencia de Héroes del Silencio con semejante apelativo. “No supimos llegar a acuerdos o explicarnos suficientemente bien entre nosotros”, concede Bunbury.

El fichaje de Alan Boguslavsky como segundo guitarra no fue más que un intento por salir de ese primer atolladero. Tener una figura que descomprimiera las tensiones incipientes, que abriera las ventanas correctas para que entrara el aire fresco del cierzo. Visto desde el presente, impresiona cómo admiten que lo suyo no era algo tan musical como absolutamente vital.

GIRAR AGOTA

Girar de forma caótica desgasta. El desorden agota. Tendrían que haber parado en algún momento. Pero no se dieron cuenta por el impulso de la determinación por el rock n’ roll. No sabían ni cuan lejos estaban de lo que habían soñado desde Zaragoza. No eran ni conscientes de que la cantidad de horas invertidas en pagar sus sueños tenían altos intereses.

Que se rompían, vaya. Tarde o temprano, pasaría. Todos lo vemos con las parejas amigas, pero nunca lo queremos ver ni con nosotros ni con nuestras bandas de rocanrol. Porque esas sí que te parten el corazón parasiempre. “Los Héroes del Silencio se convirtieron en muchas horas de silencio y eso es muy jodido. Eran muchos viajes largos de ocho o nueve horas de no comunicación. Peligroso”, resume el batería Pedro Andreu.

Ocurrió entonces la fatalidad de que en un viaje por carretera murió su road manager Martón Druille en un accidente de tráfico. Otro eslabón roto por la desgracia, una “figura paternal”, según Juan Valvidia. Podría parecer que no hay carnaza en todo esto, pero en realidad el grupo está enumerando uno a uno los motivos que les llevaron de la manita hasta el final. Es de tal contundencia, que te empezará a doler en un rato: como una buena hostia.

LA AVALANCHA FINAL DE BENASQUE

Es encomiable que, aún así, el grupo apostara por una convivencia en Benasque para preparar su siguiente disco. De ahí ‘Avalancha’. Aunque es más bien porque allí fue donde se rompió del todo la grieta que llevaban ya unos años aguantando. Y la presa aquella de Superman, la de Arizona, se rompió. O como esa china que llevas en el parabrisas y que cada día crece un milímetro hasta que, efectivamente: ¡Avalancha de cristales! ¡Salva a Lois Lane!

Puede haber algo contraproducente en contratar a un productor de la talla de Bob Ezrin -un tipo que ha producido a Pink Floyd, Aerosmith o Alice Cooper- si tu guitarrista está perdiendo movilidad en los dedos. La presión por esto y aquello, por aquel y este, llevan a la incomprensión del resto cuando el que antes podía ahora no puede colocar bien los dedos.

Ocurre entonces el hecho definitivo. Pedro Andreu se opera a corazón abierto y la banda se va a tocar a México con otro batería. La puntada que tenía hilo. Y ocurre entonces que para cuando Pedro Andreu se reúne otra vez con el resto en Los Ángeles le reciben contándole que se separan. Que ya no más. Es 1996.

Fin en plena gira cuando hay promotores japoneses en el concierto en L.A. dispuestos a llevar a la banda a la otra punta del mundo. Es, exacta y de nuevo irónicamente, lo mismo que con la anterior gran banda del rock español, Barón Rojo. Japón es la definición perfecta de aquello de tan cerca, tan lejos. No hay Budokan para nosotros.

Y, a todo esto, Pedro Andreu, el batería, es, por méritos propios, el único héroe de esta historia. El último Héroe del Silencio en pie. Con las baquetas en la mano y la arritmia renovada, se quedó ahí solo con un nuevo corazón dispuesto para el rock n’ roll. Pero habían quemado la jodida furgoneta de los cojones.

PD: todos asistimos a la gira de 2007. Estuvo bien. No se explica por qué ocurrió. Eso hubiera molado. Todos lo soñamos. Estuvo bien. Pero todos queremos más, una más. Nosotros queremos una más. Este debería ser un segundo capítulo aparte, porque esto da para miniserie como poco.

PD2: Héroes del Silencio llegaron tan lejos que no veían el Ebro. Igual que U2 no ve el Liffey, ni los Rolling Stones el Tamesis, ni Pearl Jam el río que tengan en Seattle. Lo que digo es que, at the end of the day, todos corremos como un río corre hacia el mar. Y de las más imposibles maneras, llegamos al mismo lugar.

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