Un concierto en un autocine no es un concierto: sintonizas pero no conectas

Crónicas
RULO EN EL AUTOCINE MADRID RACE: Foto de Ricardo Rubio

Ya escribí sobre esto en Europa Press: El atasco interminable

“Otra vez aquí­, sintoní­zanos. Ven y enróllate, dice un locutor. Y en la noche suena el Heavy Rock. Después de un café, vuelves a fumar, luego AC/DC tocarán las campanas negras del infierno”.

Se conecta más con este himno de Barón Rojo cuarenta años después que con la música que necesariamente tienes que sintonizar para escuchar en un concierto en un autocine. Porque de otra manera no existe esto.

Un concierto en un autocine, eh. Menuda movida. Detesto el coche. Por mucho que para Bruce Springsteen sea metáfora de liberación, para mí personalmente es una condena eterna. Conducir, joder, menuda ordinariez.

Por supuesto que hay que pensar en cosas a la de ya. El futuro inmediato no puede ser un páramo para la música en directo pero, si alguien me pide mi opinión, la reducción de aforo manteniendo la distancia ya es suficientemente dolorosa.

Esa ya es una putada tocha. Lo de enjaularnos es una mierda enorme. Ya lo parece in situ, pero luego al llegar a casa Instagram, Twitter y Facebook te van mostrando que estabas a tres o cuatro coches de saludar a alguien. Seguramente de abrazarle. Pero como no lo puedes ver, pues tampoco lo sabes ni te duele.

Pero es que vamos a ver: llegas con el coche, te posicionan y tú chitón. Vas con los que vas y a tu alrededor da igual. Digamos que no existe toda esa parte de interacción desenfrenada que se da en un concierto molón: en uno de esos que sonríes, saludas, brindas, sudas, saltas, cantas, fallas.

Los yankis dirán esa mierda de que lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas, vale. Para ellos está bien. Para los demás es ‘lo que pasa en un concierto se queda en un concierto’. Solo que en un concierto en un autocine no pasa absolutamente nada. Comes pelotazos y boca bits y bebes coca cola light caliente.

No sé qué tipo de conexión puede entablarse entre una banda que está tocando sobre un escenario y un público que tiene tajantemente prohibido salir de su coche. De esa jaula de mierda que saca lo peor de cada cual en una interacción que es diametralmente opuesta a la buena voluntad que se vive en un concierto de verdad.

No me gustó la experiencia del concierto en un autocine porque eso no es un concierto. Es un concepto aún por definir, supongo. Claro es que ir a ver una peli es guay, pues te apalancas, te aplastas y todos en los asientos traseros de los coches tenemos un pasado en penumbra. Pero sin desmerecer a las pelis, esto es otra cosa.

Es otra cosa inventada, indudablemente con mucha imaginación y un esfuerzo loable. Claro que sí, no se puede negar eso. Pero que me aburrí muchísimo y otra cosa no debo decir. Para empezar, porque ya hubo atasco al entrar: media hora larga. Fantástico.

¿Sabéis cuando estáis en un atasco a la vuelta de un puente y no hay final? Un poco así. Lo que haces para sobrellevarlo es poner la radio. Esa misma radio que en un autocine sintonizas para escuchar lo que pasa sobre el escenario que tienes delante, pues si no lo haces así, si sacas la cabeza por la ventanilla, aquello no está apenas amplificado y la batería ni microfonada. Me gusta esto último, no creáis, tiene su punto escuchar los tambores en plan tribal.


No sé si lo he dicho pero entramos pasadas las ocho por la puerta del sitio, que está en Fuencarral. Salí de casa a las siete y poco después de una visita de una hora al dentista. Recogí a Javi y luego a Miguel, quienes pusieron las coca colas y las bolsitas de mierdecitas. Si hubiéramos ido al cine, seguro que guay. Pero esto no puede ser.

Porque no es que los aplausos se sustituyan por bocinas, es que todo el batiburrillo sepulta las canciones. Canciones que, por otro lado, suenan con un ligero retardo de coche a coche. Algo que se soluciona a la brava cuando todos ponemos el volumen a toda hostia, lo cual es magnífico, eso me gusta. Pero es como el concepto en sí: una solución de urgencia.

Pienso mucho en todos los que curran en esto, pero justo por eso no voy a decir ok. Este verano es una de las opciones que hay, vale, magnífico, pero creo que quien lo prueba una vez no vuelve. Yo no tengo intención ninguna de volver. Teniendo en cuenta que en Madrid hay varios miles de trillones de personas, esto puede funcionar mientras sea la primera vez para cada una de esas personas. Me cuesta pensar que nadie quiera repetir.

Bueno, supongo que todo el personal rollo Coachella está deseando que le den planes de este tipo. Porque poco rock hay en esto, la verdad. No sé hasta qué punto estaba aquí el público de Rulo que llenó La Riviera tres veces en febrero, a mí no me lo parece. Mucho descapotable, mucha tontería, mucha marca aflojando la pasta y tal y cual.


Ed is Dead fue la banda sonora para colocarse (bueno, en fin) y luego Marlon sacó lo mejor de sus seguidores, que no eran pocos. Yo tenía un interés genuino en saber cómo coño se siente uno aplastado entre el volante y el asiento viendo un concierto apetecible: y me gusta Rulo y ya os digo que no tengo intención de repetir.

Igual, solo igual, si el concierto es el que es y dura hora y algo, pues bien. Si es un formato festival como este, que fueron cuatro horas, no puede ser: duele el culo, duele la espalda, duele el cuello. No es solo que tenga 41 años, que joder, los tengo, es que no sé, pues apetece moverse y todo eso. No me cuadra, personalmente.

Nada que reprochar, por otro lado, a las bandas. Para ellas es un concierto al uso y así tiene que ser. Y, bueno, por conceder algo, si te apetece verlo medio borroso de lejos (llevo años postergando lo de las gafas) y petas la radio de tu coche, te puede valer. A nuestra izquierda había un coche de chicas que cantaba a tope (también hablaron de tarimas y me contuve de subir la ventanilla en plan desafiante) y a la derecha uno con una pareja que espero llegaran a casa sin dormirse ni estrellarse contra la pantalla del cine (esos bastante bajona tenían). Todo depende, claro que sí.

Pero a mí lo de golpear las bocinas de los coches como muestra de entusiasmo se me hace raro. Llamadme puto loco. Y también había quien aplaudía sacando medio cuerpo por la ventanilla, pero de poco valía, pues todo sepultado quedaba bajo la algarabía. Me quedo con la sensación de que el ruido se abre paso por cojones mientras precarizamos algo tan básico como un concierto en el nombre del evento.

Concederé una y mil veces que en tiempos de coronavirus hay que ser imaginativo y probar opciones y esa es la función de los conciertos en los autocines: ser una rareza pasajera, una solución de urgencia. Pero monolítico me quedo en estas palabras que ojalá el tiempo me desmienta. 

PD: Que ya se me olvidó decirlo en Europa Press y casi me pasa otra vez. Que querio dejar por escrito que solo se me ocurre una manera de que esto sea aún peor y es con niños gritando desde el asiento de atrás ‘cuándo llegamos. ¿A dónde, queridos? ¡Lejos de aquí, papá!’

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