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White Lies (2022) Sala Mon. Madrid

Crónicas

En tiempos de blanqueo generalizado aún queda gente que reconoce las verdades. Que, paradójicamente, son mentiras blancas. El post punk revival oscurete es lo que tiene: que no miente. Y de blanco aparece sobre las tablas Harry McVeigh, desentonando con la lobreguez imperante tanto a sus laterales como frente a sí. Destaca, evidentemente.

Resplandece cuando así, de primeras, se tiran al lío con ‘Farewell to the fairground’. El jitazo con el que hace ya una década larga nos enganchamos de golpe y mamporrazo al trío inglés. Que por cierto, Harry se llevará todas las miradas, pero la clave clarísima es el bajista Charles Cave: un martillo pilón que te agarra por detrás y te toma el pulso en la vena gorda del cuello. Aprieta el tipo y ahoga un poquito.

‘There goes my love again’, ‘Am I really going to die’, ‘To lose my life’, ‘Hurt my heart’. ¿Aquí hay una sucesión de consistencia muy seria o me lo parece a mí? Creo que es algo que ocurre siempre con las bandas de mitad de tabla, por llamarlas así para entendernos. Son más sólidas, no flaquean. En hora y media, White Lies no flaqueó y eso el público lo agradeció.

Entregadito el gentío a los redobles de Jack Lawrence-Brown y a los teclados de Tommy Bown, que destacan sobremanera en ‘Is my love enough?’ Un corte pop más hacia Erasure quizás, menos Depeche Mode que lo que viene siendo la generalidad. También me vienen mogollón a la mente Simple Minds mientras veo a la gente levantar los brazos y seguir su propio impulso con el resto del cuerpo a lo largo de un par de centímetros (‘Big TV’ es muy ‘Love song’ a su manera, pero esa es otra historia para otro día, ya lo sé).

El primer disco de White Lies es como que demasiado bueno. No digo que luego ya nunca lo igualaran, pero lo digo. Aún teniendo siempre más o menos los mismos ingredientes, la mezcla no ha terminado nunca de salirles igual de sabrosa. El último, de hace nada, ‘As I try not to fall apart’, no es en absoluto una mala cosa. De hecho, ha sido el motivo por el que me he reenganchado a ellos.

Pero hay que volver al primero porque ‘Unfinished business’ es total. Y es totalmente The Killers en el trote. Lo estoy escribiendo y estoy trotando (pero tiene truco esto, porque a su vez la estoy escuchando). ‘I don’t want to go to Mars’ también tiene ese rollazo Brandon Flowers y es del nuevo y cierra lo que viene siendo el tronco del concierto.

Los bises la verdad es que me parecen bien redonditos. ‘Death’ tiene ese tipo de épica que a muchos les lleva a llenar pabellones y estadios pero que, por lo que sea, no ocurre aquí. Está bien, pues la banda parece feliz y el público, ya os lo digo yo, se las sabe todas. Esa conexión tan de tú a tú solo se da en las salas y ese es el orgullo que estos chicos se pueden llevar. Pero de largo.

‘As I try not to fall apart’, ahora no el disco, sino la canción que le da título. Suena estupenda. Es que White Lies suenan estupendos. Bien robustos pero no impenetrables: son las melodías son las que encuentran la verdad entre tanta mentirijilla que hay por ahí afuera. No esta noche. Llevamos la mentira por bandera porque sabemos que no mentimos.

Es un concepto sin duda más grande que nosotros. ‘Bigger than us’. Ah, sí, hice el jueguito de trilerito palabrero para decir que así acabó a la hora y media el concierto. Con medio millar largo de people pegando botes y literalmente aullando: “I don’t need your tears, I don’t want your love, I’ve just got to get home”. Pues ya estaría, ya lo tenemos. Nos vamos a casa, que es miércoles. No sin antes ir comentando por Moncloa que nos han gustado mucho White Lies. Yo me creo sus trolas porque he visto el techo de la Sala Mon sudar.

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