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Rufus Wainwright (2021) Noches del Botánico. Madrid

Crónicas
Mirando el lado bueno de la vida

Este último año ha tocado poner en práctica –más que nunca– aquellas palabras que Eric Idle dejó para la posteridad en La Vida de Brian. Ha sido casi una obligación, si no queríamos caer en la desesperación más absoluta, buscarle el lado más positivo posible a todo. Hasta Rufus Wainwright también tuvo que hacer este ejercicio.

El músico neoyorquino-canadiense volvió en 2020 con ‘Unfollow the Rules’, su primer álbum puramente pop desde ‘Out of the Game’ (2012). Un disco inicialmente primaveral que pasaría a publicarse en verano y sin esperanzas de hacer la gira programada. Dicha gira incluía su paso por las Noches del Botánico, cita con la que ha podido cumplir un año después.

La música vuelve a sonar este verano en ese pequeño oasis que esconde la Ciudad Universitaria de Madrid, el Real Jardín Botánico Alfonso XII. El ciclo se vio obligado a reorganizar buena parte de su programación del año pasado, primando el talento nacional sobre los internacionales, que regresarán en masa en 2022. Pero Rufus Wainwright buscó la manera de reunirse ya con su público europeo y de volver al ciclo madrileño –donde actuó en 2018– el pasado miércoles.

Aquí vuelvo a centrarme en el lado bueno, dado que mi primera impresión al ver sobre el escenario un piano y una guitarra fue, “Vaya”. El músico vino solo, en efecto, y el concierto no iba a ser la presentación oficial de ‘Unfollow the Rules’. Poco importaba esto cuando Wainwright apareció en escena, saludó, se sentó al piano y empezó a sonar ‘The Art Teacher’.

Comenzaban 90 minutos de repaso a una ya extensa discografía con su mejor arma de protagonista: su voz de terciopelo. La historia de una alumna enamorada de su profesor de arte sonaba mientras caía la noche en el pequeño pulmón verde universitario. “Espero que no sea tan malo verme sólo a mí”, comentó, dicharachero y entre risas. Para nada. El lado bueno iba a ser el mejor.

Wainwright estaba encantado de volver a actuar frente a gente real, después de convertirse en uno de los artistas más activos durante el confinamiento. El salón de su casa fue el escenario de sus numerosos Robe Recitals (recitales en bata) y el punto de reencuentro con todo su catálogo, dando pie al popurrí de temas que repasa en esta gira.

GUITARRA Y PIANO

‘My Little You’, dedicada a su hija, Viva, fue la primera incursión de su nuevo cancionero, un canto a la vida doméstica y familiar. Obviando los dos sencillos del álbum (‘Trouble in Paradise’ y ‘Damsel In Distress’), que habrían perdido demasiado fuerza al reducirlos al mínimo, optó por ‘Only the People that Love’ a la acústica. Con la guitarra sí se atrevió a abordar ‘Out of the Game’, con unas progresiones vocales impolutas que consiguieron que no echásemos de menos el toque del productor Mark Ronson.

De vuelta al piano, dio cuenta de esa vida adulta sosegada de la que disfruta desde hace unos años. Y esta incluye llevar a su perrito Siegfried a la gira y comprobar que París no es una ciudad para canes, pero nos transmitió su amor por la capital francesa con su bellísima versión de ‘La Complainte de la Butte’ de Jean Renoir. La otra cara de la vida adulta la reflejó en ‘Early Morning Madness’, una composición nacida de una resaca, “Ahora no bebo, pero me sigo levantado fatal, ¡esta es para todo el mundo!”, anunció antes de jugar con las teclas.

La cara buena de esta gira inesperada siguió mejorando. Revisitó ‘Poses’, que da título al disco publicado hace 20 años, y ‘Gay Messiah’, la cual dedicó a Samuel Luiz. “Tenemos que luchar ahora que podemos salir de casa”, dijo Wainwright previo a un sonoro aplauso. Entre júbilos y aplausos se recibió ‘Go or Go Ahead’, incluida en el celebrado Want One (2003) y recuperada tras muchos años en su versión acústica más desnuda.

Entre trago y trago de agua, siguió haciendo felices a las casi 2.000 almas enmascarilladas allí presentes. Silbidos de alegría con los primeros acordes de ‘Going to a Town’ y un silencio sepulcral mientras Wainwright subía y bajaba por la escala de notas sin despeinarse su barba poblada en ‘Zebulon’. De esa pieza de silencios dramáticos, sus dedos pasaron a bailar por el teclado al son de ‘Cigarettes and Chocolate Milk’.

Transitadas distintas etapas y creados ambientes tan dispares en hora y media, Wainwright hizo el amago de marcharse, pero acarició el piano una última vez de la mano de Leonard Cohen y su ‘Hallelujah’, tan bella y estremecedora como en la primera escucha.

Un recital cercano, desenfadado y casi familiar. Rufus Wainwright se las apañó para volver a Madrid –y dentro de un año traerá su ópera Hadrian al Teatro Real– y arroparnos con su discografía en una noche nada calurosa de julio. Al aire libre, sin pantallas de por medio. Y sin bata.

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