León Benavente (2019) La Riviera. Madrid

Crónicas

León Benavente en La Riviera: Psicopatía colectiva


Estoy viendo ahora ‘American Psycho’ con el volumen de la tele apagada mientras escucho ‘Cuatro monos’ de León Benavente con el volumen de la música a rabo. Funciona que te cagas como un videoclip que explota en la violencia irrefrenable de Christian Bale lanzando la motosierra por el hueco de la escalera como un primate sediento de muerte.


No estoy sugiriendo que Abraham Boba sea un psicópata, no, pero da el pego. Porque verle recitando poseído ciertas estrofas de la ardorosa ‘Amo’ también encaja con los dibujos de mutilaciones, sangre, sexo y cocaína del ejecutivo-asesino-en-serie de rostro desencajado y obsesiones fatales. La desesperación absoluta.


Como buen yuppie neoyorkino, seguro que Patrick Bateman (Christian Bale) se siente ‘Como la piedra que flota’ capaz de disipar la niebla y, por encima de todo, aprovechar el tiempo que nos quede hasta la muerte. Gran propósito que en la noche de este jueves se gritó a pleno pulmón en una Riviera hasta la bandera con 2.000 personas y entradas agotadas -en la primera de las dos noches del grupo en Madrid-.


Puesta de largo de una de las bandas esenciales de la música independiente española del último lustro -me niego a pronunciar la palabra indie, eso sí que me pone en modo sicario, porque eso es otra cosa, repetitiva y tediosa-. León Benavente no es indie, no es verdad. Es una banda robusta y rotunda que se come el escenario a bocados porque si no, ¿para qué?


Con un gran telón dorado como única escenografía, aperece el cuarteto en escena y encadena ‘Cuatro monos’, ‘Amo’ y ‘Como la piedra que flota’ de su nuevo álbum, ‘Vamos a volvernos locos’. Lo dicho, purita psicopatía que se complica aún más tras un paseo por ‘La Ribera’ amenizado con esa mezcla de rock y ritmos electrónicos que ‘Se mueve’ dentro de todos nosotros.


“Me pregunto cómo puedo ver la pared durante horas sin pestañear”, canta el gentío a través del cantante en la hipnóticamente opresiva ‘Mano de santo’, que da paso a ese ‘Estado provisional’ que es básicamente como ir hacia la luz desde la más profunda oscuridad. La base rítmica es la gran clave de la pegada de la banda, manto de terciopelo para la paraonia cotidiana de sus letras: “Pienso mucho, hablo poco”.


‘Ánimo valiente’ resulta ser una especie de clásico también tremendamente coreado, mientras ‘Volando alto’ puede ser casi seguro el momento más bajo de un show que recupera altura con el martilleo electrónico de ‘No hay miedo’. Abraham Boba se pavonea, toca los teclados, alza el brazo y se aferra al pie de micro sin dejar de recitar ni un momento: “A través de mi lente me siento un Dios”.


A partir de aquí ya se pierde toda correción, no existe la contención. No es que todo lo anterior fuera un preludio tostón, qué coño, pero la noche se parte en dos con esos cantos hedonistas a grito pelado: “Aún podemos aguantar, ¡aún no ha salido el sol!” Nos preocupa lo que nos pasa, sabemos que hay demasiadas piezas que no encajan pero es que ahora estamos apurando el anonimato de la noche.


La vida cotidiana, con sus penurias y sus subidones, cabe casi en cualquier canción de León Benavente. La angustia, la euforia, la ansiedad, el júbilo. ‘Tipo D’ es un hit y ‘California’ es un despiporre. ‘Disparando a los caballos’, por su parte, es otra vez un coche circulando a toda velocidad por la A-6 en el tramo comprendido entre, efectivamente, León y Benavente.


“¿Y ese de donde ha salido? Que sube en las encuestas con su discurso de mierda. No es lo que piensa, es lo que le han enseñado (…) Haced que desaparezca”, brama el menudo pero carismático cantante, que se despendola del todo con ese himno a la encadenación de resacas que es ‘Ayer salí’. Puro dolor físico, pura nube negra, pura rave. Un himno a las almas errantes como tú y como yo.


De resaca no se vive bien, no. De resaca se quiere uno morir y a veces llora sin querer. Es ‘Un día de mierda’ pero sin la jovialidad de Sidonie, es ‘La canción del daño’, que pone el dedo en la heridita de nuestra generación con una letra acongojante: “Revisas el correo, pones una lavadora. Escribes a personas que están en línea ahora. Así pasan los días, así te olvidas de la muerte. Y nadie que conoces está realmente bien, esto que nos han vendido no sabemos lo que es”.


Por fortuna, por contraposición, tras la constatación de que de alguna manera estamos todos en la mierda y lo sabemos, podemos escaparnos hasta Gibraltar, protagonizar nuestra propia road movie y obviar todo este olor a puta mierda, al menos en lo que dura una canción: “Entre gente que se aburre pronto de todo y gente que no acaba nunca nada decidieron pasar juntos las noches y ser más que pareja, ser brigada”. Y ocurrió así. Uno. Dos. Tres.


Catarsis colectiva con lo más parecido a un pogo en una noche que acaba hora y media después con la extraña euforia de ‘Gloria’. Perturbación en la fuerza con otra de esas letras que nos vuelven a avisar de que no carburamos bien con nuestros trastornos. “Tengo la cara que me merezco, tengo el país que me merezco”, grita la marabunta enardecida, convenientemente enajenada. O sea, como siempre, pero más.


León Benavente es puto psicoanálisis. Individual y colectivo. Es, en definitiva, indagar en nuestras propias mierdas para llegar a la conclusión de que todos somos potenciales psicópatas. Es ver llorar a Christian Bale sin consuelo confesando todos sus horribles crímenes. Es el canto permanente a la insatisfacción de nuestros tiempos. Es la liberación que solo se vive en los conciertos. Son ‘Cuatro monos’ bailando a su ritmo y eso, inesperadamente, es romántico.

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